Tener hijos es una bendición, sí. Criarlos es el martirio que hay que padecer para merecer el cielo tan prometido a nosotras las madres. Cuando nuestros padres fueron niños las cosas eran sencillas: "a callar" y si no se callaban: una bofetada bien puesta solucionaba el asunto. A nuestra generación le fue un poco mejor: "ya cállate y ponte a ver la tele". La televisión, santa patrona de los hijos abandonados en casas bulliciosas. Pero a nuestros hijos algo les pasó, seguramente Chernobyl o las pruebas en el atolón de Mururoa, dejaron un rastro radioactivo que de alguna manera llegó a afectarnos en nuestras respectivas repúblicas bananeras.
Los niños de hoy son pequeños artilugios creados por una mente birllante, pero maléfica. La combinación entre una capacidad intelectual digna de un geniecillo harvariano de nuestra generación, aunado a una propensión rampante por los deportes extremos, han creado una generación de monstruos. Sí, monstruos, me duele decirlo, pero a mí sí me enseñaron a decir la verdad con todas sus letras. Y no es que la combinación no sea como para enorgullecer a cualquier madre, estoy orgullosa de mi hijo. ¡Pero una combinación así debería estar prohibida para menores de 18 años!
Hay que aceptar que son encantadores —al menos mis hijos lo son—, sí. Pero también hay que aceptar que hay momentos en que parece que buscaran la mejor manera de sacarnos de nuestras casillas. Están allí al acecho constante, buscando las maneras, las formas, los pequeños detalles que hacen que la bestia que vive en nosotras salga con toda su furia. Y lo peor de asunto es que lo logran y, para rematar, nos sentimos pésimo después de lanzar los gritos, agitar las manos de manera elocuente y desquiciada o, lamentablemente, darles una buena nalgada o cachetada. Y la culpa hace estragos en nosotras, porque además hay que mantener la postura para no perder los dos gramos de autoridad que tenemos ante los niños.
El otro día que estaba echada —después de un largo día de tensiones para logar que mis hijos hicieran la tarea, comieran las verduras, se bañaran y se apartaran dos metros de la televisión, etc.—, cuando comenzó el programa de Los Simpson's en Fox. Durante años he visto la serie, no soy una fanática, me hacen reir de vez en cuando, no sigo la serie de manera obsesiva ni nada. Pero justo ese día al ver a Homero estrangular a Bart con la consabida frase: "¡Pequeño demonio!", sentí unas ganas tremendas de tenerlo al lado, abrazarlo y besarlo. Entre la catarsis y la excitación me quedé viendo los tres capítulos seguidos que presentaron esa noche.
Una y otra vez Homero tomaba del pezcuezo a ese chiquillo malcriado y lo ponía en su lugar, porque no hay otra manera. De pronto los argumentos se terminan, los castigos dejan de ser suficientes y hay que demostrarles a esos demonios quién manda y Homero no tiene pudores para hacerlo. como quisiera que mi esposo tuviera de vez en cuando esos desplantes, de macho paleolítico y me ayudara, para variar, a controlar a los niños. Que se convirtiera en Homero Simpson como hace Bruce Banner con Hulk y les diera su merecido. Creo que así, aunque parezca imposible, lo amaría un poco más.
domingo, 15 de junio de 2008
Homer Simpson makes me horny
a las
9:26
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