miércoles, 23 de enero de 2008

Andate a cagar

Ayer estuve en uno de esos restaurantes que tienen tienda, farmacia y librería con un simpático pajarito que nadie se pone de acuerdo en qué es. El tema es que tenía que esperar que pasara un pago en mi cuenta del banco y aproveché para desayunar. Ya que se hizo el pago compré algunas revistas... mira que atreverse a publicar una totalmente dedicada a las tarjetas de esas con que se enajenan los niños... es para demandarlos. Pero no por el contenido, sino por hacernos gastar en porquerías a las mamás como si los nenes estuvieran becados de por vida.

Total que el punto es que la pasé relindo. Llegó a comer conmigo una amiga que trabaja en el edificio de atrás... en algo del espectáculo, vayan a saber. Ella siempre me explica, yo pongo cara de enterada y la felicito, y de todas maneras no tengo idea, pero me regala entradas a funciones especiales. Y digo que la pasé relindo porque además de la buena comida, un par de los capitanes de meseros me tiraban miradas socarronas y un jovencito de otra mesa no dejaba de mirarme. Vaya, que una tiene sus sentimiento y esas sobadas al ego hacen falta en esta ciudad atolondrante.

Pues bueno, entre la comida/desayuno, las revistas que me compré, unos dulcecitos relindos, las miradas halagadoras y hasta 9 boletos premiados que vendía una señorita; todo fue muy lindo. Pero ya lo dijo alguien, que si lo encuentro le estrello el frente de la windstar en el costillar, todo tiene un precio en esta vida. Y así fue, porque justo cuando ya salía del restaurant y andaba viendo qué otras monadas me compraba, del estéreo ultramoderno en exhibición se sueltan los éxitos más fermentados de Raphael. Andate a cargar, ¿por qué la clientela se tiene que fumar el pésimo gusto musical de los empleados?


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